Me duele el mundo. Me da miedo el humo que recorre las calles, me dan escalofríos las habitaciones oscuras. Me da temor escuchar las palabras yendo y viniendo a diestro y siniestro. Se escuchan las risas sin orden, la piel va caliente, los ojos sedientos. Las luces no alumbran, ni guían ni se apagan si quiera. Me duele la vida, que corre y que vuela y que se hace desaparecer entre vocal y bocado. Los puentes muy altos, acantilados siniestros, agua que ahoga a todo el que busca no tragar más el aire. Me dan miedo las copas que nunca se rompen, la música alta que ayuda a guardar en silencio los pecados que cantan. Me dan miedo las niñas y sus faldas, sus sonrisas que a veces matan. Me dan miedo los niños, sus gargantas sedientas de probar y ganar. Me duele el silencio, me duele la farsa de seguir el camino que las flechas guían. Me duele el escándalo, me duelen las madrugadas que duran el día. Me dan miedo los bailes que nunca se alejan. Me da miedo el abismo al que tantos eligen andar, me da miedo el polvo que hace desaparecer a quien un día existió. Me duele el desaliento, me duele el pozo del que nadie consigue salir cuando alguien le invita a entrar. Me da miedo que mueran, que sean andantes que buscan ascender para poder respirar sin temblar. Me duele el mundo que tan rápido muere, me duele el mundo que se hace pequeño, me duele el mundo que olvida y que luego recuerda lo que era la vida. Vida, la claridad de poder caminar bajo el sol que nunca deja de alumbrar. La poesía que busca y rebusca la palabra perfecta para no simplificar. Esa luz que muestra, esa tranquilidad que guía, ese cristal frágil que se guarda de no romper, esa música que todos escuchan porque no hay silencio que ocultar.
Me duele el mundo y en lo que se ha convertido, me duele la vida que es tan bella y que tanto oscurecemos. Me duele.
“Porque no nos ha dado Dios un espíritu de temor, si no de amor, y de templanza” (2 Timoteo 1:7).
Música para leer
miércoles, 3 de septiembre de 2014
jueves, 3 de julio de 2014
Dientes rotos
Y estaba pensando en como el mundo se destroza a si mismo cuando aquel niño sonrió. Entonces, en lugar de pensar, recordé. Me trasladé de nuevo al lugar de donde surgía esa sonrisa, y me di cuenta de que no habían barreras capaces de hacerle sombra, que no habían muros, ni minas, ni tampoco guerras, que solo estaban esos dientes sucios y esos ojos manchados de blanco. Recordé que yo ya había estado ahí, que era la sonrisa de verano, esa sonrisa que había visto ya en el desierto bajo el sol, que me había dejado cicatriz. Recordé su forma de caminar sobre la arena ardiente como si pisara papel celofán. Su forma de hacer que el mar no fuera usual, si no sensacional. Mover las manos y hablar a la vez haciendo arte, que el color de su piel pintara un lienzo, que las nubes hicieran mella cada día en el cielo de África cuando él alzaba la mirada. Por un momento olvidé todas las leyendas que son historias reales, todos los mitos que se han convertido en presente. Parar de pensar la lluvia y que lloviera sin más. No sabíamos lo que eran las balas y las balas se desintegraron en la arena, y la arena se volvió tibia y podíamos pasear sin sandalias hasta los blancos. No había dolor ni penumbra ni eso a lo que llaman olvido. Solo estaban y aparecían y brillaban esos dientes rotos por el agua, esas pupilas impregnadas de un cuento, del mar.
Y ahora, que de nuevo estaba pensando y a la vez recordando,ojalá su sonrisa fuera el mundo, ojalá el mundo conociera ese rasgo de su cara. Su nombre se grabó en mi corazón con tinta imborrable, pero también se quedó como el tacto de mis manos, con el que puedo sentir cada vez que palpo una esquina de esta gran explanada, derribando los pilares para ver el horizonte. Me quedé con la sensación de haber descubierto "el nuevo mundo", de haber visto el océano por primera vez, de haber tragado agua fresca tras una tormenta de arena. Entonces desperté, y ese niño seguía ahí, viviendo.
Y ahora, que de nuevo estaba pensando y a la vez recordando,ojalá su sonrisa fuera el mundo, ojalá el mundo conociera ese rasgo de su cara. Su nombre se grabó en mi corazón con tinta imborrable, pero también se quedó como el tacto de mis manos, con el que puedo sentir cada vez que palpo una esquina de esta gran explanada, derribando los pilares para ver el horizonte. Me quedé con la sensación de haber descubierto "el nuevo mundo", de haber visto el océano por primera vez, de haber tragado agua fresca tras una tormenta de arena. Entonces desperté, y ese niño seguía ahí, viviendo.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Esperanza ruidosa
Es increíble la manera en la que podemos vivir con una paz interior indescriptible incluso ante cualquier situación complicada, dura o dolorosa. Nos acompaña una esperanza silenciosa pero ruidosa. Es increíble cómo puede llegar a disfrutar uno de leer para entender, de leer para conocer, de leer para descubrir, aprender y buscar. Es increíble cantar y trasladarte a otro lugar, puro, lleno de vida. Es increíble componer y querer buscar en los acordes la tónica que llegue al cielo. Pero para mí, lo que hace más increíble todo esto, y sobre todo, útil, es caminar. Caminar con todo ese material en la mente y el corazón, con las manos abiertas para acoger a otras. He aprendido con el paso del tiempo, el poco que he vivido, que caminar nos abre camino, que el camino se ilumina, que llegan las respuestas y que todo cobra sentido. He visto como las miradas rotas, llenas de oscuridad, se volvían cristalinas, volvían a la vida. He visto como una sonrisa aparecía tras años al sentir el brazo de alguien preocupándose por sus hombros solitarios. He podido vivir el cambio de una persona que de repente entiende que el sol no está ahí por azar, que toda nuestra historia se ha enlazado porque algo tenía que pasar. Lo he visto, lo he sentido, lo he entendido y lo he vivido. Mi tiempo se ha visto influenciado por ello, afectado y sujeto a historias, personas que sin yo saberlo, pedían ayuda tras sus rostros usuales, tras sus fingidas geniales relaciones familiares, tras sus escandalosas risas. Y cuando te acercas suficiente, se derrumban y te dan a ver su realidad, te hacen formar parte de las pequeñas moralejas que han vivido, de las soluciones que no han solucionado nada, de sus búsquedas inútiles de la verdad. Entonces te das cuenta de que no sabes qué decir, que todas esas palabras que habías aprendido y pensabas soltar de sopetón, no van a hacer efecto porque ya demasiada gente las ha hecho llegar a sus oídos. Te das cuenta de que están cansados de todas esas palabras, que están cansados de los ánimos de un día, que están cansados de promesas inmediatas y repentinas. Entonces, empiezas a caminar, empiezas a invertir tiempo y terminas invirtiendo amor, si es que eso se puede invertir. La vida que has vivido tiene ahora sentido, y todo lo que habías leído se llena de una vida incomparable. Puedes cantar las canciones reviviendo la imagen de toda esa gente, de las historias individuales. Y todo este tiempo, has sido tú el que ha estado aprendiendo a caminar, aprendiendo a amar, aprendiendo a no rendirte y a ser constante con lo que lees, cantas y dices. Ahora, mientras escribo sentada bajo una luz amarilla y calurosa, me viene a la mente una gran inspiración, grandiosa y llena de sencillez. Una inspiración pura, constante y perfecta, de esas que invierten no su tiempo, si no su vida en personas como yo, tan simples, tan imperfectas y torpes, tan insignificantes. Jesús, caminando entre la gente, como muchas veces tengo la oportunidad de verlo. Abriendo los ojos, abrazando y recogiendo del suelo a la gente. Ese Jesús, mi inspiración, mi búsqueda diaria, mi latir y pasión, mi sangre y aliento. Se que podría morir en cualquier momento si dejara de serlo, moriría para convertirme en alguien a quien no conozco, alguien solitaria e inmersa en sí misma. Ahora vuelvo al principio, y repito: es increíble la manera en la que podemos vivir con una paz interior indescriptible incluso ante cualquier situación complicada, dura o dolorosa. Nos acompaña una esperanza silenciosa pero ruidosa. Y aquí, modifico el texto: la esperanza que tenemos no puede ser silenciosa, se tiene que escuchar en cada esquina, se tiene que ver en cada gesto, se tiene que vivir en cada momento, en cada segundo de nuestras vidas. Esa esperanza, debe ser nuestra vida.
jueves, 30 de enero de 2014
20 años de matrimonio.
No se ni por donde empezar, si con todo o con nada, porque lo que me han dado
no se puede ni divisar. Mi madre, ella es como el agua, pura, limpia, fresca, transparente y refrescante. No hay nadie que no recuerde su sonrisa. Es la niña buena de la casa, humilde como nadie, con un amor inexplicable y una paciencia que roza los techos del cielo. Le encanta hablar sin parar y se ríe de cosas que nadie entiende, pero nos cuida, nos protege, nos limpia y nos da de comer siempre. Servicio es su segundo nombre, o al menos debería serlo. Parece que no se le ve mucho, pero ella sostiene las columnas para que podamos seguir construyendo. Siente y se emociona con cualquier cosa que toque su corazón, vive y revive con más fuerza que nadie cada palabra, cada acción, cada canción, cada pequeño detalle. Corre y juega y salta aun cuando nosotros ya no podemos.
Mi padre, él es como un libro interminable, lleno de capítulos y de frases y de música y de recuerdos y de retos y de viajes. Es el filósofo de la casa, el silencioso que llora como mi madre cuando algo toca su corazón. Siempre canta y toca la guitarra, escucha música y se maravilla, mira al cielo y se maravilla, lee y se maravilla, viaja y se maravilla. Aprecia, es capaz de apreciar mucho más de lo que imaginamos. Es fuerte y seguro, la prudencia es su segundo nombre. Tiene el perfecto don de dirigir y nos ha dirigido siempre hacia el camino correcto. Él es divertido y tan cariñoso como mamá, y siempre nos dice "te quiero" y nos abraza en cualquier lugar. Nos ayuda a emocionarnos y a vivir con más intensidad nuestros pequeños logros.
Juntos son una combinación perfecta, maravillosa y admirable sin duda alguna.
Ellos son lo que soy hoy, me han enseñado a volar por encima de la tierra, a nadar entre las nubes. Ellos me han enseñado la humildad y el servicio, la disposición y la prudencia, el amor y la seguridad. Me han dado el mundo que hoy llevo en mi corazón, el que se sale de estas cuatro paredes y va más allá de mi país y sus monumentos. Me han enseñado a apreciar el agua, a apreciar los libros. Me enseñaron a caminar y a correr y a quedarme quieta. Me mostraron los caminos y el arco iris, me dejaron decidir qué seguir, qué hacer.
No hace falta más que mirarles para verme a mi, y eso me honra, me hace sentir una de las personas más afortunadas del mundo. Nos hemos convertido en el equipo perfecto. Somos esos que luchan por la vida, por la libertad y la justicia, por el amor y la dignidad. Arriesgamos el tan apreciado tiempo para utilizarlo, utilizamos todo y más para llevar esperanza a los desesperanzados. Recorremos el desierto y sus jaimas, percibimos el olor a Sáhara de lejos. Casi no pisamos nuestra casa, porque nuestro corazón está en otros lados. Cada día nuestra faimlia crece y habla más idiomas, viste de forma diferente. Vivimos confiando, viajamos aprendiendo, disfrutamos agradeciendo. Y vivimos juntos, compartiendo cada instante, cada comida, cada recorrido, cada fotografía, cada amigo, cada motivo por el que vivimos.
Pero sobre todo, me han enseñado el compromiso. Y voy caminando mientras ellos van dejándome atrás, sola pero acompañada, siempre conmigo. Porque juntos seguiremos luchando hasta morir, por la libertad de las personas que como nosotros un día nacieron y como nosotros un día morirán.
Estos son mis padres, David y Elisabet y hoy hacen 20 años de matrimonio
martes, 3 de diciembre de 2013
Le veo
Cuando
me despierto respiro. Me lavo la cara y siento como el agua atraviesa mis
poros. Me miro al espejo, carne y hueso, pelo largo, pupilas marrones, dientes
blancos. Camino sobre el suelo frío, siento escalofríos. Abro la ventana, el
cielo despierta, el sol reluce y los pájaros cantan. Música, escucho música de
alguien, expresa amor, su voz es dulce, suave. Leche, azúcar, cereales, saboreo
lentamente y casi sin darme cuenta. Abro la puerta que huele a madera mojada.
Lluvia, las escaleras y el jardín encharcados, las flores brillan, hay color en
sus pétalos. Aire, congelado, palpable, blanco. Camino, los prados y la tierra
desprenden vida, desprenden su propio respirar ante este amanecer. Violeta,
azul, amarillo, viene la gran estrella pintando el lienzo de hoy. Los gatos se
esconden, los perros aun duermen, algunas aves ya recorren el mar a vuelo
lento. Ya llegan, me voy acercando paso a paso a ellos. Caminan lento, aunque algunos
corren apresurados ya, a estas horas de la mañana. Los abuelos pasean, los
jardineros arreglan el césped, algunos niños juegan en el parque y ríen.
Abrazados, abrigados, aún algo dormidos, rostros inocentes, semblante
hambriento. Se huele el primer pan del día, los pasteles desprenden un calor dulce,
el café llama. Las ventanas están ahumadas a causa del rocío, aún caen gotas
del cielo. Sigo caminando caminos, carreteras, hierba fresca. Le veo, está por
todos lados, puedo sentirle. En el agua que me quita las legañas, el frío que
hiela mi cuerpo. Junto al sol y haciendo volar a los pájaros, elevando una
canción de amor, pintando las flores de rojo. La tierra mojada, las hojas del
prado. Pasea con los gatos y los pequeños ratoncillos, guía a las aves hacia el
sur. Le veo jugando con los niños, le huelo en el pan y siento su dulzura en
los pasteles, en el calor de la leche y el café caliente. Está aquí, a mi lado,
sigue mis pasos, me atiende y me observa constantemente. Esta mañana me hizo
respirar, abrir los ojos y parpadear. Puedo sentirle en cualquier parte de esta
tierra, constantemente veo sus cuadros y leo sus libros y escucho su música.
Veo vida, veo creación, veo a Dios, mi Dios.
viernes, 29 de noviembre de 2013
Os presento a Kauria, ella es mi hermana saharaui
Nos conocimos cuando teníamos siete años, ella acababa de
llegar de una tierra muy lejana que está muy cerca de nosotros: el desierto del
Sáhara. Venía sucia y con la ropa puesta para dos meses. El pelo bien enredado
y los tenis llenos de arena. Fuimos a casa en coche y durante todo el trayecto
no dejó de mirar el mar, era la primera vez que lo veía. Cuando llegamos la
bañamos, le desenredamos el pelo, le quitamos la arena y la peinamos. Sus rizos
eran preciosos. A partir de ese día ya nunca, jamás la olvidamos en casa.
Desayunábamos, almorzábamos y cenábamos juntas. Dormíamos en
la misma habitación, nos pintábamos las uñas y jugábamos en la piscina. Ella me
hablaba de su colegio y yo a ella del mío, me enseñaba sus canciones y
bailábamos juntas con melfas. Me enseñó
a escribir mi nombre en árabe y a decir "adiós" en hassaniyya.
Cada año venía y nos reencontrábamos con un abrazo más
fuerte que el de antaño. Volvía llena de arena y con el pelo enredado, pero la
ayudamos a desenredárselo y darle brillo. Un año ya no vino más, se había
cumplido el plazo, tuvimos que despedirnos por mucho tiempo, por no se sabe
cuánto tiempo, porque no lo sabíamos. Quizá para siempre.
Seguramente ahora estará llena de arena y con el pelo
enredado, llevando a su hermana al colegio, cogiendo agua y preparando comida.
Ayudando a su abuela y bailando con sus amigas de vez en cuando, cuando hay
tiempo. A veces hablamos por teléfono, pero siempre se corta y no se escucha.
Ella nos dio vida, nos dio fuerza, nos dio valor. Nos enseñó
a luchar por las cosas importantes, nos enseñó el valor de amar a las personas.
Por ella levantamos las banderas y por ella alzamos el grito a la libertad. Por
que nosotros, que lo teníamos todo, aprendimos de ella, que no tenía nada pero
lo tenía todo. Ella cambió en nosotros lo que había que cambiar y nos puso en
el corazón que la vida es mucho más de lo que creemos, nos ayudó a hacer lo que
hoy hacemos. Nos abrió los ojos para ver como vemos hoy.
Me enseñó el servicio y la humildad, me enseñó a sonreír y a
luchar.
Os presento a Kauria, ella es mi hermana saharaui y yo formo
parte de su libertad.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Tumulto de gente
A veces
me siento sola, como si en este tumulto de gente no hubiera nadie. Me siento
lejos, muy lejos, e incluso encerrada por momentos. Me invade la necesidad de
salir, de correr, de volar lejos. Esa rutina que a todo el mundo parece
gustarle a mi me aburre, me cansa, me pone nerviosa. Nadie parece impaciente, solo yo y eso me
preocupa. No hay ansias, no hay novedad, no hay acción ni palabra. Lucho pero a
veces me canso. Cuando salgo de aquí es como un respiro, un gran respiro
que oxigena mis pulmones para los próximos meses, me levanta y mis músculos se
fortalecen. Necesito más, necesito cada vez más. Nos sentamos en esa mesa
redonda y entonces surge, se abren todos los corazones, la pasión vuelca
nuestros vasos de agua, no paramos de escribir. Él se ve en cada gesto de
nuestra cara, los platos de comida no son el centro de la conversación. La
música viene y va, los acordes son más que varias notas, el estribillo se canta
con los ojos cerrados. El café es una escusa, el sueño no nos quita la
conversación. Nace algo, surge algo, ese algo que tanto amamos.Y luego cuando
volvemos a casa, no nos sale de la cabeza, necesitamos agradecer una y otra vez
a todos y cada uno por todo y por nada. Pero aquí estoy, rodeada de gente,
luchando en esta batalla que de lejos apoyamos juntos. Aquí todo el mundo
parece subirse a un tren y olvidarse de que somos uno, todos cogen su destino,
solo suyo. Y aunque el tren se está quemando a su alrededor, aunque las ventanas se rompen, y el viento constante destroza nuestro vagón nadie se mueve. El tiempo pasa pero nadie mueve un músculo. A veces parece que caminan, pero siempre esperas la total prioridad de sus
prioridades, la condición humana puede más. No hay suficiente esfuerzo, hay
suficiente pereza.
Estoy cansada, agotada, me duele la cabeza y las piernas, y
por ello me siento agradecida. Cuanta más constancia lleva algo, cuanto más
sacrificio y sudor lleva algo, me siento agradecida, cansada pero colmada de la
misma cantidad de bien, de más cantidad de servicio y eso es un regalo. Por eso
cada día al levantarme, cojo aire, respiro, doy gracias y pido fuerzas, luego, me
pongo las botas para salir a ese mundo roto que necesita más amor que nunca, nuestro
amor, su amor. Y cuando me canso o me siento débil, vuelo, corro allá, lejos,
nos volvemos a unir todos en alma y corazón para coger fuerzas y seguir
adelante, llevando esperanza.
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