Cuando
me despierto respiro. Me lavo la cara y siento como el agua atraviesa mis
poros. Me miro al espejo, carne y hueso, pelo largo, pupilas marrones, dientes
blancos. Camino sobre el suelo frío, siento escalofríos. Abro la ventana, el
cielo despierta, el sol reluce y los pájaros cantan. Música, escucho música de
alguien, expresa amor, su voz es dulce, suave. Leche, azúcar, cereales, saboreo
lentamente y casi sin darme cuenta. Abro la puerta que huele a madera mojada.
Lluvia, las escaleras y el jardín encharcados, las flores brillan, hay color en
sus pétalos. Aire, congelado, palpable, blanco. Camino, los prados y la tierra
desprenden vida, desprenden su propio respirar ante este amanecer. Violeta,
azul, amarillo, viene la gran estrella pintando el lienzo de hoy. Los gatos se
esconden, los perros aun duermen, algunas aves ya recorren el mar a vuelo
lento. Ya llegan, me voy acercando paso a paso a ellos. Caminan lento, aunque algunos
corren apresurados ya, a estas horas de la mañana. Los abuelos pasean, los
jardineros arreglan el césped, algunos niños juegan en el parque y ríen.
Abrazados, abrigados, aún algo dormidos, rostros inocentes, semblante
hambriento. Se huele el primer pan del día, los pasteles desprenden un calor dulce,
el café llama. Las ventanas están ahumadas a causa del rocío, aún caen gotas
del cielo. Sigo caminando caminos, carreteras, hierba fresca. Le veo, está por
todos lados, puedo sentirle. En el agua que me quita las legañas, el frío que
hiela mi cuerpo. Junto al sol y haciendo volar a los pájaros, elevando una
canción de amor, pintando las flores de rojo. La tierra mojada, las hojas del
prado. Pasea con los gatos y los pequeños ratoncillos, guía a las aves hacia el
sur. Le veo jugando con los niños, le huelo en el pan y siento su dulzura en
los pasteles, en el calor de la leche y el café caliente. Está aquí, a mi lado,
sigue mis pasos, me atiende y me observa constantemente. Esta mañana me hizo
respirar, abrir los ojos y parpadear. Puedo sentirle en cualquier parte de esta
tierra, constantemente veo sus cuadros y leo sus libros y escucho su música.
Veo vida, veo creación, veo a Dios, mi Dios.
Música para leer
martes, 3 de diciembre de 2013
viernes, 29 de noviembre de 2013
Os presento a Kauria, ella es mi hermana saharaui
Nos conocimos cuando teníamos siete años, ella acababa de
llegar de una tierra muy lejana que está muy cerca de nosotros: el desierto del
Sáhara. Venía sucia y con la ropa puesta para dos meses. El pelo bien enredado
y los tenis llenos de arena. Fuimos a casa en coche y durante todo el trayecto
no dejó de mirar el mar, era la primera vez que lo veía. Cuando llegamos la
bañamos, le desenredamos el pelo, le quitamos la arena y la peinamos. Sus rizos
eran preciosos. A partir de ese día ya nunca, jamás la olvidamos en casa.
Desayunábamos, almorzábamos y cenábamos juntas. Dormíamos en
la misma habitación, nos pintábamos las uñas y jugábamos en la piscina. Ella me
hablaba de su colegio y yo a ella del mío, me enseñaba sus canciones y
bailábamos juntas con melfas. Me enseñó
a escribir mi nombre en árabe y a decir "adiós" en hassaniyya.
Cada año venía y nos reencontrábamos con un abrazo más
fuerte que el de antaño. Volvía llena de arena y con el pelo enredado, pero la
ayudamos a desenredárselo y darle brillo. Un año ya no vino más, se había
cumplido el plazo, tuvimos que despedirnos por mucho tiempo, por no se sabe
cuánto tiempo, porque no lo sabíamos. Quizá para siempre.
Seguramente ahora estará llena de arena y con el pelo
enredado, llevando a su hermana al colegio, cogiendo agua y preparando comida.
Ayudando a su abuela y bailando con sus amigas de vez en cuando, cuando hay
tiempo. A veces hablamos por teléfono, pero siempre se corta y no se escucha.
Ella nos dio vida, nos dio fuerza, nos dio valor. Nos enseñó
a luchar por las cosas importantes, nos enseñó el valor de amar a las personas.
Por ella levantamos las banderas y por ella alzamos el grito a la libertad. Por
que nosotros, que lo teníamos todo, aprendimos de ella, que no tenía nada pero
lo tenía todo. Ella cambió en nosotros lo que había que cambiar y nos puso en
el corazón que la vida es mucho más de lo que creemos, nos ayudó a hacer lo que
hoy hacemos. Nos abrió los ojos para ver como vemos hoy.
Me enseñó el servicio y la humildad, me enseñó a sonreír y a
luchar.
Os presento a Kauria, ella es mi hermana saharaui y yo formo
parte de su libertad.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Tumulto de gente
A veces
me siento sola, como si en este tumulto de gente no hubiera nadie. Me siento
lejos, muy lejos, e incluso encerrada por momentos. Me invade la necesidad de
salir, de correr, de volar lejos. Esa rutina que a todo el mundo parece
gustarle a mi me aburre, me cansa, me pone nerviosa. Nadie parece impaciente, solo yo y eso me
preocupa. No hay ansias, no hay novedad, no hay acción ni palabra. Lucho pero a
veces me canso. Cuando salgo de aquí es como un respiro, un gran respiro
que oxigena mis pulmones para los próximos meses, me levanta y mis músculos se
fortalecen. Necesito más, necesito cada vez más. Nos sentamos en esa mesa
redonda y entonces surge, se abren todos los corazones, la pasión vuelca
nuestros vasos de agua, no paramos de escribir. Él se ve en cada gesto de
nuestra cara, los platos de comida no son el centro de la conversación. La
música viene y va, los acordes son más que varias notas, el estribillo se canta
con los ojos cerrados. El café es una escusa, el sueño no nos quita la
conversación. Nace algo, surge algo, ese algo que tanto amamos.Y luego cuando
volvemos a casa, no nos sale de la cabeza, necesitamos agradecer una y otra vez
a todos y cada uno por todo y por nada. Pero aquí estoy, rodeada de gente,
luchando en esta batalla que de lejos apoyamos juntos. Aquí todo el mundo
parece subirse a un tren y olvidarse de que somos uno, todos cogen su destino,
solo suyo. Y aunque el tren se está quemando a su alrededor, aunque las ventanas se rompen, y el viento constante destroza nuestro vagón nadie se mueve. El tiempo pasa pero nadie mueve un músculo. A veces parece que caminan, pero siempre esperas la total prioridad de sus
prioridades, la condición humana puede más. No hay suficiente esfuerzo, hay
suficiente pereza.
Estoy cansada, agotada, me duele la cabeza y las piernas, y
por ello me siento agradecida. Cuanta más constancia lleva algo, cuanto más
sacrificio y sudor lleva algo, me siento agradecida, cansada pero colmada de la
misma cantidad de bien, de más cantidad de servicio y eso es un regalo. Por eso
cada día al levantarme, cojo aire, respiro, doy gracias y pido fuerzas, luego, me
pongo las botas para salir a ese mundo roto que necesita más amor que nunca, nuestro
amor, su amor. Y cuando me canso o me siento débil, vuelo, corro allá, lejos,
nos volvemos a unir todos en alma y corazón para coger fuerzas y seguir
adelante, llevando esperanza.
martes, 9 de julio de 2013
Tantas y tan pocas palabras.
Es
increíble. Increíble que en días pasen vidas. El grupo cada día crecía, era
mayor, tenía más fuerza. Éramos todos, cada uno aportando su pincelada al
cuadro. Hablando, haciendo, mirando, pensando... Grandes almuerzos, cenas y
desayunos llenos de sonrisas que pude diferenciar entre trago y mordisco.
Sonrisas sinceras, llenas de amor, que decían más de lo que no podía escuchar
con tanto barullo. Gestos, servicio. Horas de constante trabajo que nos
envolvían en la concentración y el esfuerzo. Cansancio en el cuerpo, dolores de
espalda. Llegar a casa y tirarnos en aquellas mantas verdes del suelo que nos
acogían para descansar. Escuchar la risa de los niños corriendo y saltando,
jugando y dibujando mientras manteníamos los ojos cerrados por minutos. Noches
largas y tan cortas en las que queríamos hablar y dormir a la vez para
aprovechar el mayor tiempo posible. Madrugar para empezar un nuevo y repleto día. Cruzar
los pasillos cantando, bajar las escaleras saltando. Un duro trabajo trabajado
con escandalosas risas de los trabajadores, nosotros. Agradecimiento,
tranquilidad. Conversación, música. Y el gran día, de mañana a noche completo,
arreglos, pruebas, ensayos y carreras. Atravesamos el escenario cada uno
dirigiéndose a su lugar, tocando, alzando la voz, sintiendo lo que allí estaba
ocurriendo, llevando esperanza. Parecía mentira pero llegó el final, el momento
en el que agarrados de la mano nos unimos de nuevo para agacharnos y
levantarnos mirando al cielo, nuestra inspiración. Y aun habiendo salido ya, la gente marchándose, nosotros
seguíamos ahí atrás, abrazándonos con necesidad de soltar lo que llevábamos dentro.
Fotografías unos con otros, una tras otra. Anécdotas y más risas, alegría en el
corazón.
El
domingo nos dio los buenos días. Un gran círculo de personas sentadas, piernas
cruzadas, cojines, libros, sillas. Lo mejor. Compartir. Hablar de lo que decía
el corazón, de lo que rondaba la mente, de lo que sentía el cuerpo. Y llovieron
lágrimas dulces de recuerdos, de paz y felicidad. Llovieron palabras y palabras
que trataban de explicar, de hacer ver lo que desde muy adentro quería salir. Horas
que parecen minutos. Levantados y agarrados de la mano cantando, los ojos
cerrados, hombro con hombro, piel con piel. Más abrazos, de uno en uno, de
todos en todos. Lágrimas, paz.
Después
de todo, llega la peor parte, despedirse. Ese momento en el que tienes que
abrazar a alguien por última vez en mucho tiempo, y es inevitable resistirse a
llorar, porque tu interior te lo pide. Decir adiós a personas que has conocido
hace dos días debería ser fácil, pero la diferencia es que has aprendido a
amarlas como si la conocieras de toda la vida, y ellos a ti también, entonces
es cuando se hace difícil. Difícil tener que mirar sus rostros, observar como
caminan de espaldas hacia su destino, alzar la mano y despedirte de otra que te
hace el mismo gesto. Leer lo que te han escrito, despegar vuestras fotografías
de la pared, dormir en la habitación con camas vacías. Difícil despedirse.
Esta
mañana me he despertado sola, en el silencio de esa soledad que hacía nada
estaba repleta de compañía. He caminado los pasillos, he bajado las escaleras,
visitado cada habitación. Todo estaba vacío. La gran mesa del comedor desprendía
un recuerdo perfecto, el de cada día. Triste sonreía por ello, por lo que en días hemos
vivido. Por lo que cada uno ha aportado al corazón del otro, por las relaciones
y las largas conversaciones. Por las horas sin dormir y los días de trabajo,
por los almuerzos y las bienvenidas, por las bromas y las carreras. Sonreía por
las oportunidades que habíamos tenido, por la vida que allí había fluido. Por
recordar a cada uno, sus rasgos, sus ojos, su forma de hablar, de caminar. Por
las fotografías que guardan ahora todos esos momentos, esas manos pintadas
sobre papel, llenas de servicio.
Cuando
hay tantas y tan pocas palabras… No puedo dar más que las gracias, por todos
esos momentos. Todos y cada uno de ellos, desde el más pequeño hasta el más
grande. Por todas las palabras y el tiempo que me habéis dedicado todos sin
excepción, por animarme, por hacerme sentir algo más de lo que yo creía ser.
Gracias por todos vosotros. Por hacer que las horas fueran como minutos, los minutos
como segundos y los segundos como vidas.
lunes, 8 de abril de 2013
Burla
No lo
soporto. No soporto la idea de que una persona sufra por culpa de la maldad de
otras. No soporto que se rían como si no pasara nada, como si se tratara de una
cosa estúpida y no de un corazón que palpita su
misma sangre. No soporto los celos y la envidia, las críticas estúpidas
que no llevan a nada, las que son burla de pequeños defectos que en realidad
todos tenemos. No soporto nada de eso. Pero sobre todo, no soporto ver como ese
lejano personaje sufre y se decae por culpa de ello, que se hunde y su sonrisa
quede tan frágil como su corazón. Ver que sus muñecas sangran, que necesite
esconderse o encerrarse para olvidar. Que sus sueños se convierten en papeles
rotos, esparcidos por el suelo de su vida. No comen, no duermen, no consiguen
disfrutar de lo que un día pasó de ser una fantasía a ser su realidad. Y ahí
estamos, nosotros, los infrágiles por lo visto, rompiendo los sueños de grandes
soñadores, de valientes y trabajadores que se han esforzado por lograrlos. No
lo soporto.
Soy yo,
aquí sentada, pensando en todas esas vidas destrozadas a causa de los gritos
desesperados de la envidia. Soy yo la que lo escucha cada día en sus risas, la
que lo ve en esas viñetas infantiles por su ignorancia. Soy yo la que mira a
los ojos de esas personas y siento su
dolor en mi corazón. Yo la que ha entendido que a unos nos toca algo y a otros
otro algo. Yo la que escucha la dulzura de sus voces, la que ve más allá de las
vestimentas y los retoques, la que ve una vida como la mía o la de cualquiera.
Soy yo quien ve sus máscaras de indiferencia o sus obras teatrales de fingimiento.
Al entrar en sus habitaciones dejan de interpretar y lloran. Soy yo la que
entiende que las personas no somos de
acero, aquí y en Lima. Soy yo. ¡Pero no quiero ser yo! Quiero que sean todos,
ellos, los de mi alrededor. Quiero que
miren más allá de lo que se ve a simple vista y traten de sentir por los que
sienten dolor. No quiero ser solo yo la única que se ha dado cuenta de que
todas las personas somos iguales, todas tenemos corazón, todas sentimos lo que hacen al corazón. No quiero ser la única en
ver que las lágrimas al caer al suelo se rompen como el cristal, cortándonos los
pies. Que el daño se hace consciente o inconscientemente, que las palabras hay
que cuidarlas. No quiero tener que soportar un día más viendo como un
desconocido conocido ya no sueña ni sonríe. No quiero que lo importante de esta
vida se destruya. No quiero que todo sea egoísmo y desprecio. Solo quiero un
poco más de pasión por lo que somos, seres frágiles y sensibles que tratamos de
vivir cada uno nuestro camino. Solo quiero que todos, juntos, nos guste o no,
podamos escuchar esas dulces voces cantando por encima del griterío del mundo
con fuerza.
martes, 2 de abril de 2013
Mi propio yo
Es como
si me hubiera estado engañando a mí misma. Quizás simplemente me estaba
conociendo, o descubriendo quien realmente debía ser. Puede que aun siga haciéndolo,
eso es lo más seguro, pero al menos en ese campo me siento más segura.
Buscaba
lejos y más lejos cuando la respuesta la
tenía en mi interior. Era yo misma en mi esencia, lo que fluía de mis manos, lo
que en mi boca gritaba para salir. Era el color de mi vida pasada y lo que
traía consigo. Era lo que se veía en mi mirada, lo que se escuchaba en mi
corazón.
La
mayoría de las personas hablan de ello como algo tonto, sin sentido y sin futuro.
Algo que no vale la pena, que no sirve para servir de algo. Algo inentendible y
absurdo de lo absurdo. “Ahí no hay nada”
dicen, donde hay mucho más de lo que los ojos ven. Yo no lo creo así, es más,
ellos no saben lo que creen porque nunca han vivido en ello ni con ello dentro.
Es algo que no se ve a simple vista, solo con los ojos del corazón se puede
sentir. Es algo que por gracia o desgracia
no lleva la mayoría. De ahí el placer de encontrarte con alguien con quien
compartir una conversación y descubrir que siente lo mismo que tu, a tu manera o
de otra, pero lo siente.
Y ahí
estaba yo preguntándome lo que ya sabía. Como si renegara mi propio yo. Mi creatividad,
mi música, mi soltura al escribir. La facilidad que tengo para sentir, mi manera de
percibir las cosas, mi forma de captar los momentos, mi sensibilidad para
emocionarme y emocionar. Entonces me di cuenta de quién era, la del fondo que
siempre guardaba silencio. El silencio de escuchar y observar. Escuché el latir
de mi corazón y observé la sangre roja de pasión. Yo era mi propia respuesta, todo lo que estaba
buscando en otro lugar lo llevaba dentro, no era ciencia, era arte. Dios me lo
había dado un día y yo pensaba olvidarlo según parece. Quería algo grandioso o sofisticado,
pero aprendí que al final lo que perduran son los sentimientos. Todas esas
vidas, los recuerdos y las palabras. El interior de cada persona, el legado del
pasado que queda presente. Es la tranquilidad de coger un pincel y pintar tu
dolor para sacarlo, es ese amor hecho música, ese recuerdo guardado en
palabras. Sé que es complicado, incluso puede llegar a ser inentendible, pero
para mí es inentendible que pueda serlo. La belleza más hermosa la encuentro en
nosotros mismos, las personas, nuestro interior que es arte. Y eso si que es
grandioso, más grande que nada.
Así que
aquí estoy, sacando todo eso de mí. Sigo escuchando en silencio, observando más
de lo que pueda parecer. Y no me importa lo que puedan pensar sobre lo tonto
que es el arte. Dicen que los artistas están locos, yo creo que siempre he sido
una loca silenciosa. Ahora solo me queda crecer y aprender. Pero sobre todo disfrutar
y seguir apasionándome por eso a lo que llaman absurdo.
viernes, 29 de marzo de 2013
Querida Séfora
Empecemos desde el principio, cuando solo era una
niña, o incluso un bebé. Tú estabas ahí. Cuando fui creciendo y soplaba las
velas contigo a mi lado. Cuando siempre me regalabas collares y pendientes.
Cuando me pintabas las uñas y me maquillabas de un rosa cantoso. Cuando hiciste
que diseñaran un vestido para mí, color amarillo. Cuando ese mismo día me
regalaste una cadena que todavía recuerdo. Cuando te acompañé a vestirte antes de el gran día. El gran día de tu boda,
caminando delante de ti y llevando los anillos.
Las tardes de peluquería. Cuando empezaron a gustarme los chicos. Las horas que tuviste que soportarme emocionada,
mientras yo te contaba las cosas porque quería dar los mayores
detalles posibles. Las horas delante del espejo decidiendo qué me ponía para el
día de la graduación, que por cierto, llevé tus zapatos. Cuando empecé el
instituto y nos enamoramos de esa saga de vampiros. Las noches de cenar pizza, pintarnos
las uñas, hacer tonterías, sacarnos
fotos y sobre todo hablar. Siempre prestándonos ropa, zapatos y bolsos. Las tardes en
tiendas rebuscando ropa entre las montañas de desorden. El
helado del paseo, las veces que nos montamos en las
atracciones y chillábamos estalladas de la risa. Cuando íbamos a comprar la comida
para el día siguiente, que era fiesta. Cuando me acompañaste al médico. Leyendo
las conversaciones con mis amigos y explorando soluciones. Los secretos que
nadie sabrá jamás. Mis llantos de emoción cuando dijiste “estoy embarazada”. Las
ecografías y su nuevo cuarto. El nacimiento de tu primer hijo. Y luego teníamos
que esperar a que se durmiera para poder tener esas noches de cine. Cuando íbamos a hacer la
compra. Las canciones que me ayudaste a cantar. Los veranos en la playa hasta
las tantas de la tarde y luego la cena en tu casa. Los días de piscina. Mis
nuevos biquinis diseñados de tus recortes. Las excursiones familiares. Cuando querías maquillarme para probar cosas nuevas. Decidirnos para
ir al cine. Cuando me enamoré por primera vez. Los dos años de espera llenos de
problemas, intentando buscar una buena
respuesta para ciertos mensajes. Llenos de intensas emociones contándote el progreso e
indagando en él. El día que te lo encontraste y luego me llamaste emocionada
chillando, jamás lo olvidaré. El momento en el qué todo se hizo realidad, mi
primer novio. Te llamé chillando y aunque no entendías nada de lo que te decía
por lo alterada que estaba tú también chillaste conmigo y esperaste a que me desahogara
para preguntarme todo, cada detalle. El día que entramos por tu puerta y ambas
sonreímos al mirarnos. Algún que otro día que me ibas a buscar al instituto y
almorzábamos juntas. Los días que íbamos juntas al parque con el pequeño y para variar
aprovechábamos y así hablar. Las conversaciones sobre bodas y quien me
acompañaría a comprar el vestido. Más llantos cuando recibí la noticia de que
de nuevo estabas embarazada. El crecimiento de tu barriga hasta casi estallar. Cuando me dijiste que era una de tus mejores amigas mientras
íbamos en coche hacia tu casa, ese momento que jamás olvidaré.
Momentos, sentimientos, sonrisas, emociones, amor,
vida. Me has dado tantas cosas desde que nací. Tantas maravillas. Me has dado
tu amor y tu amistad. Eres mi hermana, significas algo que no sé muy bien
cómo explicar. Lo que siento por ti es una mezcla de miles de cosas: familiaridad,
amistad, hermandad, amor, confianza, fidelidad…
Eres una de las personas más importantes de mi vida, porque siempre lo
has sido. Porque una de las causas por las que he llegado hasta aquí tal y como
soy es por ti. Por todo el tiempo que hemos pasado juntas desde que era una
niña, desde que llevaba moñitos hasta que me salieron granos. Desde que empecé
a caminar hasta que me enamoré. Ha sido
toda una vida a tu lado siendo mucho más que tía y sobrina. Has sido mi
consejera, mi alegría, mi llanto, mi sonrisa, mi ánimo, mi diario y mi amiga. Y
no quiero que eso acabe nunca, nunca jamás. Sé que aún nos miramos y no hace
falta hablar y sé que podemos contarnos cualquier cosa sin problema, pero quiero
volver a vivir todos esos momentos contigo, vivirlos hasta que sea imposible.
Quiero recordar nuestra relación como algo precioso e irrepetible. Y cuando estamos
lejos, te sigo sintiendo, siento que estamos juntas. Y siento la necesidad de
verte, de escucharte, de pasar tiempo contigo. De mandarte mensajes o
llamarte de vez en cuando para escucharte. Hay algo que está en nosotras, algo
que nació en aquel entonces y que no debe morir nunca.
Quiero que nuestra relación siga creciendo siempre.
Porque yo siempre seré tu Tirsa, y tú, mi Séfora. Por mucho que crezcamos,
siempre seremos nosotras.
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